Presentación del libro Andrés López de Medrano: criollismo, dominicanidad e hispanismo

Por Dustin Muñoz.

Hace justamente doce días recibí una llamada telefónica del profesor Alejandro Arvelo, mi entrañable amigo. Y en medio del afectuoso saludo de siempre, me solicitó realizar la presentación de este libro que hoy se coloca al alcance del gran público. Ante la solicitud de tan delicada misión, mi reacción primera –debo confesarlo– fue procurar que mi amigo desistiera de tal idea y que se buscara para dicha presentación a un pensador de vasta trayectoria intelectual, conforme a su nivel. Esa intención expresada procuraba en ese instante hacer honor a las propias enseñanzas que recibí del profesor Arvelo, cuando en las aulas universitarias nos alentaba a escribir, al tiempo que nos instruía para que maduráramos bien las ideas antes de exponerlas al público.

De hecho, en su Filosofía del Silencio, el propio profesor Arvelo invita, ante cualquier tentación de hablar, apelar siempre a la prudencia y al recogimiento. Tanto así, que en algunas de sus páginas señala incluso el valor museológico de tal actitud, cuando sostiene que Heráclito exigía, a los que se iniciaban en el diálogo filosófico, guardar sus palabras por lo menos durante los cinco primeros años de su ingreso a la escuela, y que para Pitágoras, en cierto modo, el principio de todo filosofar reside en el silencio.

De modo, estimado profesor, que estuvo muy bien justificada mi resistencia inicial a tal petición suya, como una muestra palpable de lo aprendido en sus clases. Sin embargo acepté de buena gana, sin olvidar que se trata de una gran osadía de mi parte el realizar la presentación de este libro que lleva por título: Andrés López de Medrano: criollismo, dominicanidad e hispanismo.

Debo decir también, que acepté por tres razones: primero –y eso no puedo negarlo–, estoy personalmente implicado porque viene de la pluma y del intelecto de mi amigo Alejandro Arvelo; segundo porque es de la autoría de un pensador serio y profundo y, tercero, porque se puede adelantar a priori que el contenido de dicho libro es de sumo interés para el pueblo dominicano.

De manera que se trata de un libro que como dominicano tarde o temprano tendría que leer. Y me alegra poder hacerlo más temprano que tarde. Porque estamos ante un libro que si bien es cierto coloca a un autor y sus circunstancias como centro de interés, se circunscribe a un contexto histórico vital de reafirmación, que toca al mismo tiempo el presente y el futuro de los dominicanos. Su contenido se mueve en término histórico-contextual entre el Tratado de Basilea y sus consecuencias, la ocupación francesa y la reconquista, la Constitución de Cádiz y el Periodo de la España Boba, y la Independencia efímera y la Invasión haitiana. Una época filosóficamente marcada por la ilustración y políticamente por la Revolución Francesa.

Andrés López de Medrano nace en 1780, en la postrimería del siglo XVIII, y empieza a consolidar su formación en los primeros años del siglo XIX, así que debió recibir las brisas cargadas con el frescor de la filosofía moderna y las nuevas teorías de la ilustración.

De tal suerte, que la obra: Andrés López de Medrano: criollismo, dominicanidad e hispanismo,  es un libro que hay que leer y difundir en estos momentos cruciales en que nuestros jóvenes pierden el interés por el pasado y por el futuro y viven sumergidos en el presente inmediato que le ofrece la magia luminosa de la tecnología. Y que mientras permanecen hipnotizados se levantan construcciones parciales, intencionalmente dirigidas para confundir. En tanto se sirve de forma inexplicable un menú amplio de informaciones chatarras, a través de medios masivos de fácil acceso, que alejan a nuestros jóvenes del pensar reflexivo.

Hoy que se levantan peligrosas murallas que desdibujan el horizonte, que dividen la sociedad y que transforman los espacios vitales y existenciales de los dominicanos. Hoy que se dispone de recursos que merman la capacidad de asombro de las nuevas generaciones que permanecen con la cabeza inclinada y la mirada fija sobre las imágenes que imponen los dispositivos de la gran caverna digital. Hoy resulta imprescindible una mirada atenta hacia el pasado, pues el contexto actual demanda esa especial atención, en tanto que los pueblos que no conocen su historia tienden a repetirla.

Y me atrevo a decir que las intenciones del profesor Arvelo se orientan en esa línea, pues empecé a tratarlo y a conocerlo en las aulas de la Universidad Primada de América en la segunda mitad de la década del noventa, él en condición de profesor y yo de alumno, y aunque demostraba su amplia cultura filosófica, conocedor de los grandes filósofos de la historia y sus posturas, lo sentía cercano.  Llegué a notar que le causaba asombro y admiración lo nuestro, la filosofía como estilo de vida y no como un baúl repleto de objetos innecesarios. La filosofía como presente y no solo como historia. De aquellos años recuerdo su preocupación por destacar la diferencia entre filosofía latinoamericana y filosofía en Latinoamérica, la diferencia que entrañan los conceptos filosofía dominicana y filosofía en la República Dominicana.

Esa preocupación por lo nuestro nos juntó después -en el año 2002- en un proyecto que lamentablemente no pudo continuar: la creación de la Revista Identidad, cuya dirección la compartíamos Alejandro Arvelo, Eulogio Silverio y quien en este instante tiene el uso de la palabra. El proyecto no solo se limitaba a la edición de la revista, a su distribución, y a las publicaciones de artículos sobre nuestras reflexiones respecto a la identidad, sino que incluía charlas en universidades, escuelas y liceos, dirigidas especialmente a la juventud. Pero el proyecto no pudo continuar y las razones no fueron otras que las múltiples ocupaciones que asumimos en el año 2004 al ocupar cargos como funcionarios del Estado. En el caso del autor que nos ocupa, que pasó a ser el Director General de la Feria del Libro, desde el año 2004 hasta el 2013.

Por esa razón cuando el profesor me invitó a presentar su libro, y escuché el título de dicha obra, pensé inmediatamente en aquel proyecto detenido del que yo me siento cómplice. Llegaron a mi memoria de inmediato aquellos artículos que nuestro autor escribió para el primer número de la Revista Identidad: República Dominicana sus amigos y sus enemigos y ¿Está amenazada la identidad nacional dominicana?  Y del segundo número: Los enemigos de la Nación dominicana atacan de nuevo.

De hecho, cuando se organizó en el año 2014 el Bicentenario de la Lógica de Andrés López de Medrano, y se reeditó el tratado Lógica o Elementos de filosofía moderna destinados al uso de la juventud dominicana, tuve la oportunidad de asistir a la ponencia del profesor Arvelo, a propósito de que recayó sobre él la Semblanza del pensador. Y me llenó de regocijo observar que él, con su exposición, había retomado de nuevo aquel proyecto detenido.

Tanto la ponencia como la Semblanza realizadas por nuestro pensador en aquella ocasión ya sugerían de algún modo un posterior trabajo más amplio y más profundo sobre López de Medrano. Porque  el solo hecho de que en el año 1814, siete años antes de la Independencia efímera y treinta años antes de la Independencia Nacional, se ofreciera un escrito dirigido a la juventud dominicana –repito un estudio dedicado a la juventud dominicana en 1814–  es un recurso histórico de vital importancia para definir rasgos de nuestra identidad, como génesis de sentimientos patrios y de nación.

Tan acertada fue mi percepción de entonces que en las primeras páginas del libro que hoy empieza a circular, nuestro autor sostiene: El hecho de que alguien publique un libro expresamente dirigido a un colectivo social determinado supone la previa existencia de dicho conglomerado o, al menos, la creencia en su existencia o en la posibilidad de que llegue a existir alguna vez” (p. 18). Termina la cita.

En tal sentido, el profesor Arvelo con este libro retoma de forma intensa aquel proyecto sobre identidad, que es vital para nuestra permanencia como Nación.

De modo que, desde hace más de una década el autor que hoy nos convoca se viene alejando de su propia filosofía del silencio y ha decidido dejarse sentir y hablar. Y lo hace con un tema en el que estamos todos implicados: nuestra historia. Y aunque permanece abrazado al logos del filosofar transita también el ámbito de la sociología y de la historia, como invadido –diría yo- por esa dialéctica hegeliana en la que el yo del espíritu subjetivo se reconoce en el otro y transita el devenir del espíritu objetivo, hasta alcanzar la síntesis absoluta del pensamiento depurado.

Lo que quiero destacar es que la preocupación de nuestro filósofo sugerida y planteada en su nueva producción intelectual, hoy puesta a circular, no es nueva ni improvisada, sino que hunde sus raíces en profundas convicciones ontológicas sobre la dominicanidad.

Por tal razón no podía negarme a presentar este libro, recurriendo a la excusa de falta de tiempo para leerlo. Pues nunca se tiene realmente el tiempo disponible para leer. La lectura es un desafío a las múltiples ocupaciones que a todos nos invade en la vida contemporánea. Lo he leído con gusto porque verdaderamente, a pesar de su profundidad, se trata de un texto de fácil lectura por la rica y cuidadosa prosa de nuestro autor.

Dicho todo esto, permítanme ahora referirme brevemente al libro que hoy nos ocupa. Primero, en su condición de objeto que está ahí al alcance de todos, es una pieza de portada limpia con un diseño de tendencia minimalista, con adecuada distribución de los espacios en blanco y con los textos indispensables de forma directa. En su primera solapa presenta una síntesis biográfica del autor, acompañada por una fotografía reciente y en la de la parte final se destacan sus obras publicadas.

Se trata de un documento de 120 páginas. Contiene un breve prefacio, cuatro capítulos y cinco apartados. Al final las referencias bibliográficas citadas en el libro.

El breve prefacio es de contextualización y agradecimientos. En el primer capítulo, que lleva por título Estructura social y subjetividad, el profesor Arvelo aborda el concepto de ciudadano y analiza el uso del gentilicio dominicano en los escritos de López de Medrano donde lo sindica como un pensador ilustrado de cosmovisión católica y convicciones monárquicas. Y presenta sus vínculos con Condillac, Jovellanos, Verney y Sánchez Valverde.

El segundo capítulo titulado: Religión, teodicea y estimativa trata la simpatía de López de Medrano por los defensores de la cultura de la razón y el catolicismo, como Descartes, Feijóo, Condillac, Verney y Cano. El capítulo nos remite de alguna manera a la duda metódica y al principio de evidencia del Discurso del método, así como a la concepción cartesiana inmanente de las ideas. Convoca en cierto modo al lector a realizar un repaso por los problemas gnoseológicos vinculados al origen del conocimiento: al racionalismo inmanente y al sensualismo, pero también a la posibilidad del conocimiento que surge ante las verdades absolutas y los matices contrastantes del agnosticismo.

Este capítulo contiene dos apartados, el primero lleva por título: ¿Silencio, indiferencia o asunción tácita de la esclavitud? En el que nuestro pensador busca dar respuesta a la actitud y reacción de López de Medrano respecto a la institución esclavista de negros, a partir de la hermenéutica de sus escritos o de la fenomenología tácita de un silencio que habla. El segundo apartado, titulado: Lo temporal y lo eterno, muestra a López de Medrano como un seguidor del Estado personificado por Fernando VII. Fidelidad al soberano, adhesión al gobierno, obediencia a las leyes, respeto a las autoridades y sumisión a la religión. Ante tal actitud el profesor Arvelo sostiene: “La iglesia es inseparable, en su concepción del mundo, del Estado, de la Monarquía, la Nación, la condición dominicana y la española (…) Religión, Estado, Constitución, Nación e Imperio forman en el pensamiento de Andrés López de Medrano una unidad indisoluble.” (p. 45). Termina la cita.

El tercer capítulo titulado Orden constitucional, monarquía e ilustración, retoma aspectos ya tratados en los capítulos anteriores, para dejar enmarcado el pensamiento de Andrés López de Medrano respecto a patria y Nación en consonancia con la Constitución de Cádiz. Aquí sostiene nuestro autor que: “Nación y patria son, para él, asuntos distintos, pero no excluyentes.” (p. 62). Dicho capítulo termina con varias interrogantes que introducen y condicionan el contenido del último capítulo. Tales interrogantes son las siguientes: “¿Cuál fue la posición de nuestro filósofo al respecto?” –Refiriéndose a la independencia efímera– “¿Desemboca su patriotismo en nacionalismo? ¿Son, por ventura, una y la misma cosa?” (p. 63).

Estamos ante un libro cargado de preguntas, y en ese sentido guarda en cierto modo ese espíritu del filosofar socrático o ese afán pitagórico por el saber.

El profesor Arvelo inicia el cuarto capítulo, que lleva por título: La dominicanidad: ventana hacia un patriotismo sin nacionalismo, respondiendo las inquietudes planteadas en el capítulo anterior, cito: “Si nos atenemos a sus escritos, a los testimonios rendidos por otras personas y a los documentos de la época, también se advertirá que Andrés López de Medrano dista mucho de ser un nacionalista en sentido estricto. Es, sí, un patriota (…) (p. 63). Termina la cita. Claro nuestro filósofo le establece límites a tal patriotismo por el uso y el sentido que le dio Andrés López de Medrano a dicha palabra en el discurso de apertura de clases en la Universidad, el primero de julio de 1822, en medio de la ocupación haitiana.

Cada capítulo de este libro es un texto capaz de sobrevivir de manera independiente, aunque la unión de todos le confiere una mayor fortaleza a la intención que los une. En este capítulo nuestro pensador realiza un aporte al debate de los contenidos de la historia dominicana. Sus reflexiones y argumentos así lo indican. Pone al descubierto la necesidad de las demostraciones lógicas para el acercamiento a la objetividad y a la comprobación de los hechos históricos, y el peligro que representa tomar como bandera, de forma dogmática y sin cuestionamientos, el camino de los argumentos que brinda la autoridad.

Este capítulo contiene tres apartados de suma importancia para conocer ese periodo de nuestra historia que incluye la independencia efímera -frustrada o malograda- y los acontecimientos políticos y sociales que posibilitaron la invasión haitiana.

En el primero de los apartados, titulado: El proceso de intervención, nuestro autor pone al lector en contacto con la astucia política del general Jean Pierre Boyer, a través de los fragmentos de sus cartas colocados al pie de página, donde se pueden analizar sus estrategias para ocupar la parte Este de la isla, con una habilidad como dice el propio profesor Arvelo similar a la llamada alta política contemporánea. Ante la cuidadosa planificación que le permitió lograr su objetivo, nuestro filosofo sostiene: La política tiene sus usos. Cabe tenerlos presentes. Si no para prevalerse de ellos, si al menos para permanecer atentos y, de vez en vez, levantar la mirada. Ese proceso tiene muchas enseñanzas que aportarnos a los actores y espectadores del presente. ” (p. 78-79). Termina la cita.

El segundo apartado de este capítulo se refiere a La irrupción militar, a la forma como se produjo dicha ocupación, siempre acompañada de las fuentes a pie de página.

Finalmente este capítulo termina con un apartado titulado: Núñez de Cáceres y López de Medrano: dos visiones, dos apuestas. Aquí nuestro pensador logra justipreciar el pensamiento y las acciones de Andrés López de Medrano, cito: “En López de Medrano, el patriotismo no desemboca en una concepción autonómica de su tierra natal y de su gente. Su amor a la patria es perfectamente compatible con sus inclinaciones monárquicas y su apego sin remisiones al catolicismo. Su conciencia patria es tan flexible que permite incluso la armónica convivencia de su dominicanidad con la condición colonial, la esclavitud de los negros y la ocupación haitiana.” (p. 113-114). Termina la cita.

En este apartado, y en cierto modo en el libro completo, el profesor Arvelo destaca el ideal independentista y la integridad de José Núñez de Cáceres. Cito: “Como es fácil advertir, en Núñez de Cáceres confluyen el fervor patriótico y el independentismo, la república, el federalismo y la libertad religiosa. Va más allá del sistema de libertades, derechos y garantías previstos por la constitución gaditana de 1812, a diferencia de López de Medrano , quien jamás trasciende el marco jurídico-político establecido por aquella, (…)” (p. 113). Termina la cita.

Como se puede advertir, este texto presenta una nueva faceta del profesor Arvelo: la de filósofo de la historia. En tanto que las verdades de la historia tienen sus complejidades filosóficas, porque lo que la comunidad científica acepta como verdad es regularmente la demostración lógica de las evidencias y no el registro incontrovertible de los hechos consumados.

El libro que hoy nos ocupa pone al descubierto esa problemática gnoseológica o más bien estrictamente epistemológica que acompaña al conocimiento que se tiene de la historia. Por cuanto queda latente la interrogante: ¿lo que conocemos de la historia es indiscutiblemente la realidad de los hechos o es la verdad que se desprende de las evidencias registradas?

Nuestro autor pone en práctica aquí parte de la estructura racional presente en su libro Secretos de la argumentación jurídica y pone al descubierto falacias y estratagemas que se han tejido respecto al pensamiento de Andrés López de Medrano. Celadas que inducen a los lectores a transitar un camino engañoso respecto al sentido de totalidad que envuelve la producción intelectual de dicho pensador.

El profesor Arvelo incursiona de lleno en el problema, labrando en el terreno movedizo de la ciencia. Procura siempre el sentido de totalidad respecto a los escritos de Andrés López de Medrano. Analiza las verdades parciales en el marco de toda su producción, en una acción filosófica acuciosa, identificando siempre las evidencias de lo dado en sus escritos, así como en el silencio y en la indiferencia mostrada en determinados momentos a través de la suspensión del juicio. Siempre bajo el cristal transparente de la razón lógica y en el contexto de las circunstancia en que acontecieron los hechos.

Así he interpretado lo leído, obviamente, un libro sugiere tantas interpretaciones como lectores existan que entren en contacto con sus proposiciones. Y me atrevo a decir más: las posibles interpretaciones de un libro guardan relación proporcional no solo con los sujetos, sino también con las posibles circunstancias de los lectores.  Las interpretaciones dadas a cada libro o a cada obra humana forman parte del ejercicio intelectual de un lector empírico[1] que no lee de manera pasiva, sino que juega un papel activo, puesto que un texto, requiere que alguien lo ayude a funcionar. Necesita del lector que completa el triángulo semiótico: lo que dice el libro como objeto en tanto que está ahí ocupando un lugar en el espacio, lo que el autor ha querido decir al ordenar su discurso y lo que el discurso le dice a cada sujeto condicionado por su cultura intelectual y por sus experiencias previas.

En ese mismo orden, todo libro se torna como proceso también para su propio creador, cuando este funge como lector empírico. Porque, aunque el escritor, como autor empírico realiza su escrito en una circunstancia intencional, como lector empírico de su propia producción intelectual puede descubrir aspectos que escaparon a su intención inicial.

Ciertamente, en ese ámbito abstracto, de elección de capítulos, apartados, fuentes bibliográficas y citas, y su posterior colocación en la obra, el escritor produce un discurso, pero surgen muchos otros, aun sin proponérselo, que quedan en manos del lector en franca armonía con la teoría de la recepción. De manera que los invito a todos a leer este libro y a ofrecer ustedes sus propias interpretaciones.

Muchas gracias…

 

[1]«En otras palabras un texto se emite para que alguien lo actualice; incluso cuando no se espera (o no se desea) que ese alguien exista concreta y empíricamente.» (ECO, Umberto. El lector modelo. Lector in fabula [en línea]. Barcelona: Lumen, 1987. [versión digital 12 páginas no numeradas]. p. [2] [Consultado el 1/11/2012]. Disponible en:

http://perio.unlp.edu.ar/catedras/system/files/eco._el_lector_modelo.pdf). Según Eco: «Para organizar su estrategia textual, un autor debe referirse a una serie de competencias (expresión más amplia que “conocimiento de los códigos”) capaces de dar contenido a las expresiones que utiliza. Debe suponer que el conjunto de competencias a que se refiere es el mismo al que se refiere su lector. Por consiguiente, deberá prever un Lector Modelo capaz de cooperar en la actualización textual de la manera prevista por él y de moverse interpretativamente, igual que él se ha movido generativamente.» (Ibíd., p. [4]). Y para que quede recogida la idea completa de los cuatro conceptos véase esta cita: «La hipótesis que formula el lector empírico acerca de su Autor Modelo parece más segura que la que formula el autor empírico acerca de su Lector Modelo. De hecho, el segundo debe postular algo que aún no existe efectivamente y debe realizado [sic] como serie de operaciones textuales; en cambio, el primero deduce una imagen tipo a partir de algo que previamente se ha producido como acto de enunciación y que está presente textualmente como enunciado.» (Ibíd., p. [8]).

*Presentación del Libro Andrés López de Medrano: criollismo, dominicanidad e hispanismo, autoría del Dr. Alejandro Arvelo, por Dustin Muñoz en el acto de lanzamiento de la citada obra, realizada en el marco de la XIX Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2016. Domingo 26 de septiembre del 2016. Salón de Actos, oficinas de la Feria del Libro.

*Dustin Muñoz-, es Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco.

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